Publicado por pipesar | Categoría Pipe Sarmiento | Fecha 22-02-2011

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ALBER EINSTEIN Y LA VELA

Poca gente sabe de la pasión que el Genio universal sentía por la navegación. Hasta el extremo de que pasaba cientos de horas surcando las aguas en solitario a bordo de los diferentes barcos que tuvo.  Pero todavía es menos conocido que sin su teoría de la relatividad hoy no existiría la navegación con GPS. Su excepcional trabajo describe cómo se mueven los objetos y cómo les afectan las fuerzas que actúan sobre ellos. Desarrollado tras su muerte, los físicos y matemáticos lograron establecer los complicados y mágicos parámetros que hacen que, con tan solo el movimiento de un dedo, sepamos, con una precisión de metros, en qué parte del mundo estamos.
Sobre la vida marinera del físico alemán hay muchas anécdotas, pero quizás una de las más divertidas sea esta: contaba Hans Albert Einstein, su hijo, que su padre había invitado a Madame Curie a navegar en su velero Tümmler por el lago Leman, en Suiza; hacía una tarde estupenda y el viento apenas pasaba de los diez nudos. Sin embargo, y como en los lagos de montaña las condiciones atmosféricas cambian de forma vertiginosa, una incipiente tormenta de verano cayó sobre ellos. La sabia gala, nerviosa y posiblemente con la intención de tranquilizarse ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, dijo:
-No sabía que usted fuese un experto marino.
A lo que Einstein respondió de forma escueta:
-Yo tampoco.
-No, lo digo porque si el barco volcase, yo no sé nadar.
Einstein, sin dejar de mirar hacia proa y sosteniendo con firmeza el timón entre sus manos, le respondió.
-Pues yo tampoco, querida señora.
Y, aunque era verdad que no sabía nadar, conocía mejor que nadie los cambios de humor de los lagos, pues había aprendido a navegar en ellos a los dieciocho años, cuando estudiaba en la Escuela Politécnica de Zurich. Fue precisamente en esa época cuando descubrió su pasión por la vela; una afición que jamás abandonaría. Einstein era un perfeccionista del trimado de las velas, y mantenía como principio que cualquiera que embarcase con él tenía derecho a equivocarse en las maniobras dos veces; a la tercera, estallaba y se ponía de mal humor. Decía que el hombre debe aprender de sus errores, y que quien no lo hace, es un perfecto idiota, y por lo tanto no era digno de navegar con él.
Su barco más querido fue el Tümmler, un precioso velero de siete metros de eslora construido en los astilleros Berkholz de Gärsch, con planos del arquitecto naval Adolf Harms. Podía dar veinte metros cuadrados de velas al viento, y acercarse a la costa hasta lugares donde solo había cuarenta centímetros de agua gracias a su quilla abatible. Iba equipado de un motor de dos cilindros que, según él, sonaba como una máquina de coser. El velero fue un regalo de sus amigos al cumplir los cincuenta. Sin embargo, solo pudo disfrutarlo cuatro años, hasta que los nazis se lo confiscaron por su condición de judío cuando Hitler llegó al poder. En una carta que escribió a un amigo, aseguraba que era el objeto más preciado que había dejado en Alemania.
Ya en los Estados Unidos, donde viviría el resto de su vida, compró otro velero de diecisiete pies al que le puso el nombre hebreo de Tineff . Hacía singladuras por los lagos Carnegie y Saranac, ubicados cerca de Rhode Islan en la costa Este norteamericana, sobre todo en primavera y verano.
En 1944,  navegando con unos amigos por el lago Saranac, se empotró en un arrecife. El velerito volcó, y como no sabía nadar, estuvo apunto de morir ahogado enganchado entre la botavara y la vela mayor. Por fortuna,  un barco de motor les vio y acudió en su auxilio. En 1953 su compañera Johanna Fantova declararía a un diario:
-Albert no está demasiado bien de salud, pero continúa abandonándose a su gran placer: la vela. Jamás le veo más contento y de mejor humor que cuando está en su velero, a pesar de ser un barco increíblemente primitivo.
Durante toda su vida Einstein no dejó de repetir que practicaba el deporte de la vela porque era con el que debía hacer menor esfuerzo en comparación con el enorme placer que obtenía.
La filosofía vital del genio no se separa de la de muchos navegantes. En una carta al escritor y filósofo Bertrand Russell, escribió:
-No lamento vivir al margen de la comprensión y simpatía de otros. Estoy seguro de perder algo en ello, pero me compensa mi independencia de las costumbres, opiniones y prejuicios de los demás, y no siento la tentación de abandonar mi paz espiritual por unos fundamentos tan quebradizos.
Yo, lo suscribo en su totalidad.
Lorenzo -Pipe- Sarmiento de Dueñas

Publicado por pipesar | Categoría Pipe Sarmiento | Fecha 07-02-2011

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SALTILLO, BARCO DE REYES

Cuando en 1932 un tal Mr Lawrie encargó la construcción de un velero de acero de 72 pies a los astilleros holandeses De Bries, nadie pudo imaginar que ese barco formaría parte de la historia de España. Botado inicialmente como Leander en el Reino Unido, en 1934 fue adquirido por el industrial vasco Pedro Galíndez, que le cambió de nombre, colocándole en su fina popa Saltillo, al igual que la placa de hierro forjado que lucía en su fantástica villa de Portugalete, muy cerca de Bilbao.
Como el barco había sido la vivienda habitual del señor Lawrie, varado en una campa junto a unos astilleros del sur de Inglaterra, nunca fue terminado. Galíndez encargó su conclusión al prestigioso astillero Camper y Nicholson. Una vez finalizado, lo llevó navegando hasta Bilbao, donde recibió el gallardete del Real Sporting Club, integrado hoy en el Real Club Marítimo del Abra de Getxo.

La primera vez que el Saltillo llevó a bordo a un miembro de la Familia Real Española fue en el verano de 1948, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Londres. Junto a D. Juan de Borbón, padre del Rey, viajaba su hermano el Duque de Segovia, además de Galíndez y otros ilustres invitados. El 24 de agosto de ese año, el Saltillo realizaría una escala misteriosa a cinco millas al norte de San Sebastián para encontrarse con el yate Azor del General Franco. Por espacio de una hora, el militar se entrevistó con D. Juan, tratando, entre otros temas, de la educación del entonces Infante D. Juan Carlos, que por entonces contaba con 10 años de edad.

Desde 1948 a 1952, todos los meses de junio el Saltillo zarpaba de Bilbao con rumbo a Portugal, provisto de una tripulación compuesta por un capitán y cuatro marineros de Bermeo. Pedro Galíndez lo cedía a D. Juan para que lo disfrutase con su familia. Bajo la experta mano del Padre del Rey, el velero navegó por Argelia, Túnez, Italia y Francia. En él pasaría los veranos Nuestro Rey y sus hermanos. Cuando concluía la época estival, el Saltillo desembarcaba a sus invitados y regresaba a Bilbao, donde se realizaba su mantenimiento durante los meses de invierno.

En el año 1953 el Saltillo navegó hasta Inglaterra para que D. Juan asistiese a la coronación de la Reina Isabel II. En este barco, el Rey conocería a la que habría de ser su esposa, la Princesa Dª Sofía de Grecia: ocurrió durante un crucero que ambas Familias Reales realizaron por las Islas Griegas en el verano de 1954. Cuatro años después, el Saltillo cruzaría el Atlántico gobernado por una tripulación formada por D. Juan de Borbón, el Almirante Británico Lord Ratsey y el Duque de Alburquerque entre otros, llegando sin novedad al puerto de Nueva York, tras pasar, según contaron, tres estupendas semanas de mar.

En la primavera de 1962 el velero emprendió nueva travesía a Grecia para que D. Juan de Borbón asistiese a la boda de Nuestro Rey con Dª Sofía de Grecia. En la cámara principal del buque todavía se conserva una metopa conmemorativa del enlace Real.

A comienzos de 1963 D. Juan encargó su nuevo barco Giralda en Dinamarca, con el que navegó hasta sus últimos días. Se cuenta la anécdota de que, una vez terminado, y al hacer escala en Bilbao, prefirió dormir en el Saltillo, debido, según dijo:

-“A los gratos recuerdos que le traía ese espléndido velero”.

En 1968 la familia Galíndez decidió regalarlo a la Escuela Náutica de Portugalete para que sus alumnos hiciesen prácticas. Durante dieciocho años el Saltillo fue mandado por expertos capitanes mercantes, hasta que, tuvo la fortuna, de caer en manos de mi amigo Fernando Cayuela, titulado superior de la Marina Mercante y Director de dicha Escuela.

Cuando en 1987 le realizaban la varada anual, advirtieron el deterioro que presentaban diferentes partes del caso. Y como no había presupuesto para su total reparación, se le pusieron unos parches, pero quedó fondeado junto a la Escuela. A partir de ahí, comenzarían las más duras navegaciones emprendidas tanto por Calluela como por el Saltillo: la navegación burocrática, y la sempiterna indiferencia de las instituciones para con los temas de la mar.

Al menos lo pusieron en seco para que los males no se agravasen. Desmontaron sus interiores con la ayuda de un grupo de entusiastas, robando tiempo al descanso y a la familia. Más tarde, Fernando constituyó la Asociación de Amigos del Saltillo, en la que pusieron dinero alumnos y profesores, así como diferentes personas que habían tenido relación con el barco. Durante ocho años, y hasta que la Escuela Náutica de Portugalete pasó a formar parte de la Universidad del País Vasco, Calluela luchó para que el histórico velero no fuera a parar a la chatarra, como por otra parte ha sucedido con la mayor parte de los barcos históricos de nuestro país.

En junio de 1995 comenzaron los primeros trabajos. Y, el 4 de junio del año siguiente, cuando Nuestro Rey visitaba las obras del Puerto de Bilbao, Fernando le mostró las fotografías de la restauración, quedando el Monarca complacido con su estado. El 11 de mayo de 1998, tres años después, el Saltillo logró regresar al agua.

El 23 de julio de 1999 los Reyes de España embarcaron de nuevo en el histórico velero, que conserva una similitud extraordinaria con su estado original. Y fue un acto emocionante, según dijeron, pues, a fin de cuentas, se trataba del soberbio y romántico barco en el que se habían conocido en Grecia cuando todavía eran unos adolescentes. Aseguraron que fue uno de los momentos más emocionantes de sus vidas. Y el Rey aseguró:

-“Está tal como lo recordaba”.

La íntima satisfacción que todavía hoy, y para el resto de su existencia, le debe quedar a mi amigo Fernando Cayuela, actual Director de la Escuela Superior de Estudios Náuticos del País Vasco, sólo puede compararse con el tremendo esfuerzo que tuvo que realizar para aunar tantas voluntades y conseguir la financiación necesaria para su restauración, en una tierra de histórica tradición marinera. Que el Saltillo siga navegando es, quizás, una de las últimas conquistas marítimas de nuestro país.

PALOS QUE NUNCA VOLVERÁN A NAVEGAR

Publicado por pipesar | Categoría Sin Categoría | Fecha 22-01-2011

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PALOS QUE NUNCA VOLVERÁN A NAVEGARÁN

Un tarde soleada, en la que el calor te aplastaba contra el empedrado de la calle, caminaba con un amigo por San Roque, Cádiz, mientras me contaba que, junto a su casa, construida en la primera parte del siglo XIX, en un solar que acababa de quedar al descubierto tras derribar una vieja vivienda, habían aparecido dos troncos enormes. Él pensaba, me dijo, que podía tratarse de antiguos palos de velero. Y allí nos fuimos raudos con esa emoción que me entra cuando alguien nombra cualquier viejo objeto náutico. Apartados sobre la acera y cubiertos aún por el moho, enseguida distinguí la inconfundible forma de unos antiguos palos de velero; las muescas talladas para su encastre en el tintero, o las claras señales de haber estado sujetos por la fogonadura de alguna goleta eran evidentes.
Días después, volví al lugar temprano, para que los ruidos de la ciudad, aún dormida, no me impidiesen recrearme en aquellos objetos náuticos. Con la imaginación, el mejor utensilio que poseo  para llegar con rapidez hasta donde pretendo sin ser perturbado por la estúpida realidad, traté de construir la nave que había utilizado esos trozos de madera para impulsarse, para llegar, como yo lo hacía en mi fantasía, hasta aquellos mares lejanos en los que, lejos ya de los dictados obligados, sentiría tan sólo la brisa templada por los vientos alisios.
Un motor sonó cercano, pero a mí, imbuido en la construcción de aquella nave imaginaria, me pareció ya el leve trepidar de su roda al romper las aguas. Pasé la mano sobre la clara huella que había dejado un motón y por las pronunciadas marcas de los cabos grabadas en la piel marinera de esos objetos que, después de haber servido fielmente y durante muchos años al barco en el que estuvieron colocados, habían mantenido la primera planta de una casa señorial del casco antiguo de la Ciudad durante otros ciento cincuenta años más, sin que sus propietarios, seguramente, hubiesen advertido que, a diario, caminaban sobre los restos de un emisario de viajes lejanos, de paisajes exóticos, de pedazos de intangible imaginación; incluso, de sueños. Mis ojos se pasearon por las casas circundantes preguntándome cuántas de ellas encerrarían en sus entrañas los restos de otros viejos veleros desguazados sin piedad por la llegada del hierro y el vapor. También me pregunté si las vidas de aquellas gentes habrían sido diferentes por el sólo hecho de haber sido soportadas por vigas tan importantes. Otro coche pasó muy cerca de mí sacándome de mis cavilaciones, y, de golpe, me hizo volver a la realidad. A esa dura realidad que apenas soporto muchos días, en la que parece que nadie quiere advertir que siempre caminamos sobre el pasado de alguien, sobre el presente de los demás y para hacer un futuro mejor del que nos dejaron a nosotros. Que nuestra vida, al igual que esa casa sustentada por viejos y robustos palos de velero, se sujeta en la historia escrita por los que vivieron antes. Sin que al parecer importe demasiado como se utilizará todo aquello que vamos dejando atrás.
La arqueología marinera no yace sólo debajo de las aguas de los mares del mundo. Al menos en San Roque se pasea por tierra para servir de sostén a pisos y tejados, al igual que nosotros tratamos de soportarnos destruyendo cuanto de bueno y positivo encontramos en los demás, quizás por ese ancestral miedo a terminar abandonados como los palos de ese velero, lejos del mundo de la imaginación y de los sueños, único camino que nos conducirá a escapar de las ataduras con las que pretenden sujetarnos a un destino tan bobo y miserable, como el de esos antes altivos palos levantados al viento de los mares. La sociedad nunca ha permitido que la  imaginación y las ganas de aventura volasen en total libertad lejos de sus dictados; y al que osó  hacerlo, lo convirtieron en palo de velero sin barco, en utensilio de decoración, en arcaico recuerdo.

NAUFRAGOS VOLUNTARIOS, testimonio de una navegación real

Publicado por pipesar | Categoría Sin Categoría | Fecha 20-01-2011

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NAUFRAGOS VOLUNTARIOS

Salgo a navegar con la premura que siempre impone el Estrecho; debo ir al otro lado y jamás se sabe cuándo soplará viento de poniente con fuerza de temporal o levante con ímpetus de galerna. Así que, en este lugar difícil e imprevisible para los marinos, nunca se le debe dar ventajas a la meteorología; menos aún a la mar.
El motor del barco traquetea perezoso y expande su eco sobre una superficie aceitosa en la que las velas y jarcia de mi velero se reflejan de forma sinuosa, como para indicarme lo poco fiables que, muchas veces, son las imágenes que producimos. El ruido que emite, sordo y puntual, me marca un paso de procesión andaluza, en el que la imaginería que transmite dolores inútiles tallados en madera o cartón, es sustituida en estas costas y casi a diario, por figuras de parecido aspecto, pero que minutos antes de naufragar, estuvieron repletas de vida y sentimientos.
A cuantos navegamos el Estrecho de Gibraltar, sea con rumbo este u oeste, cuando nos acercamos a aquellos puntos de la costa de Europa o África, separados entre sí por tan sólo un -puñado de  millas náuticas-, se nos viene a la cabeza la posibilidad de encontrarnos con -pateras-: esos frágiles botecillos que todos, con el corazón encogido, hemos visto alguna vez en televisión, volcados y anegados por las aguas, y que no sé quién, con poca fortuna,  llamó a sus ocupantes -espaldas mojadas-, cuando en realidad la muerte no suele tener preferencias hacia el estado seco o húmedo de los que decide llevarse, ni se anda con distinciones a la hora de aniquilarnos de frente, de costado o de espaldas.
Las olas que acompañan mi singladura, cortas, charlatanas y continuas, las mueve una mar que va arreciando debido a la intensidad de un levante en ciernes que no me permite otear el horizonte con la amplitud deseada. La sola posibilidad de dicho encuentro me provoca el que entorne los ojos, afilando esos dardos invisibles, a veces retadores, a veces  inseguros que son las miradas. Una ola, que estalla donde no debía, me provoca, y el corazón se desboca. Es casi de noche; la luz se marcha por el oeste, y yo, por el contrario, navego con rumbo opuesto hacia la oscuridad más persistente. Hay un resorte escondido en los marinos que nos permite, al igual que los felinos, adaptar nuestros ojos a los juegos de las sombras. En la mar, éstas, son aún más tenebrosas, pues, las olas, siempre cómplices de la tortura, una y otra vez se empeñan en metamorfosearse en todos aquellos miedos que las gentes de mar pretendemos dejar varados en el -mundo seco-, para de esta forma ser un poco más libres, aunque sólo sea por unas horas.
Dos veces consecutivas creo vislumbrar algo que flota a estribor -la derecha en el sentido de la marcha-. Desciendo a la cámara a por el foco: con él trato de quebrar la negrura, pero mi humilde rayo viajero apenas se aleja del barco, y como castigo a mi osadía, se acentúan todavía más las inquietantes formas que se producen cuando las sombras se empeñan en tejer el aire con la luz en apretadas puntadas de nada.
¡Otra vez ese reflejo!: la silueta de una chalupa aparece entre las pinceladas blancas que dibujan las constantes salpicaduras, dandome la sensación de que navego por el interior de un cuadro impresionista.
-¡Sí, ahí hay algo!  -exclamo en voz alta como queriendo convencerme.
Cuando navego solo, cuido mucho los desplazamientos por el velero; por ello, paso mi arnés de seguridad por la línea de vida -un cable de acero-, qué ironía, que -recorre- la embarcación de proa a popa y me sujeta a él como si fuese un cordón umbilical, y que me permite seguir sintiendo a mi barco.
Hago firme con la mano sobre el balcón de proa -barandilla-, y lanzo una y otra vez el haz luminoso con la intención de identificar aquello que flota en la cercanía.
-¡Joder!, ¡es una -patera!-, -exclamo, y me precipito a por mi cámara de fotos, en ese reflejo, a veces inhumano, que los curiosos tenemos arraigado, y que al reflexionar sobre ello, sé que nos mueve el que otros vean aquellas cosas que, con tan sólo escucharlas, no sirve para abrir conciencias. Y es cuando el trabajo del reportero se hace sublime y se eleva; cuando a través de las palabras o las imágenes, no sólo transmitimos, sino también, llegamos a conmover.
Un pequeña embarcación, impulsada por en motor fueraborda, aparece y desaparece entre las olas cortas que provoca el viento de levante, dejando tras de sí una estela plateada que reverbera aún más con el cruce de mi foco, y que por el contrario, pinta en la noche un destino poco brillante para los ocupantes de ese buque fantasma. Una multitud de cabezas -afloran- sobre la regala -borde de la embarcación-, como muñecos de -pin pan pun- de feria que pudiésemos derribar con el liviano impulso de una pelota de trapo; lo más seguro es que lo haga la cresta blanca merengada de una ola traicionera que hubiese tomado la decisión de crecer más de la cuenta. Y quedaron al descubierto parejas de ojos asustados que, al rebotar la claridad sobre ellos, parecían enfermos de tensión y fatiga. Maniobro con rapidez para no colisionar. Paro la máquina; también largo la vela mayor que me venía dando un mejor equilibrio con tan escaso viento. Instintivamente saludo como si se tratasen de otros colegas de la mar en busca de su destino; aunque estos compañeros de agua la mayor parte de las veces no lleguen a ningún lado; a lo sumo, los absorbe esa nada infinita que los marinos apreciamos mejor porque constantemente navegamos por sus bordes.
Esa noche, oscura, sin luna, con un viento arreciando, no es probable que las patrulleras salgan a su encuentro, y ellos lo saben. La incipiente marejada les da un manto húmedo y protector. Ante mí, como en una película de parco presupuesto y  factura nacional, la chalupa pasa miserable con su carga de sueños y míseras aspiraciones de sufrimiento. Uno de ellos me saluda con la mano como para establecer una complicidad marinera que mi corazón, mucho antes, había entablado ya. Quiero mantenerme entero ante lo inevitable, pero no puedo menos que sentir un prolongado escalofrío y hacerme una pregunta: ¿llegarán?,¿alcanzarán la costa?, ¿o pasarán a engrosar esa fatídica cifra de muertos que adornan nuestras playas y acantilados en una competición macabra de estatuas de arena tendidas a nuestros pies de ejemplo integrador del mundo civilizado?
Me miran: por vez primera me enfrento al rostro humano de la tragedia; y es mucho más duro, más siniestro si cabe, cuando a aquello de lo que oíste hablar, le pones rostro, carne, expresión, movimientos. Y grito:
- ¡Mierda, mil veces mierda!
Y, como poseído por un absurdo y fútil instinto justiciero, hago lo que mejor sé hacer; sentir, escribir por dentro y fotografiar, captar la dantesca escena para enseñarla al mundo, a las gentes, a los políticos y responsables, y que sus miradas mojadas y suplicantes se claven en esa  piel del alma que para mí es la sensibilidad, y no les quede más salida que emprender acciones que eviten este absurdo -Desembarco de Cádiz-, en una torpe guerra en la que armas y balas están acuñadas por la miseria y la mar. Tampoco debe ser tan grave el que perdamos por ello algunos “ecus”, móvil final de  los más sagrados anhelos celtibéricos que, sin duda, no se utilizarán para alcanzar el ocaso de esta tragedia evitable. Más de mil muertos son demasiados como para llamarlo accidente.
La oscuridad vuelve a cerrarse y el rumor del motor se aleja por babor -la izquierda-, pero ya no transmite esa música de rimas primarias y armoniosas en paz con la naturaleza que los marinos construimos con los sonidos que nos llegan, no, las miradas de aquellas gentes me han turbado demasiado como para disfrutar de sinfonías; me han perforado el alma. Quedan fijas en mí mientras cazo la vela y compruebo que el viento es suficiente par navegar sin máquina. Izo el genovés ligero -vela de proa de tejido fino propia para poco viento-, para darle más impulso a mi barco, y me siento en la bañera -lugar a popa junto al timón-, con el corazón aún acelerado por el encuentro y el ánimo decaído ante tanto tráfico inútil de vidas. Y pienso en ellos, al tiempo que mis ojos de humano privilegiado buscan en la noche aquello que algunos llaman -pateras-, pero que para mí, queriéndoles dar un homenaje marinero, los elevo a la categoría de náufragos voluntarios. Como aquel  médico francés, el profesor Bombard, que se sometió, a través del Atlántico, a un buscado abandono en el cual experimentó aspectos de la vida en la mar que, más tarde, ayudarían a los verdaderos náufragos. Pero mis hoy compañeros de navegación no conocen las teorías de tan distinguido personaje; a lo sumo trajeron consigo unas chinas de hachís para sacarse el miedo.
Minutos después, el rugir de varios motores me alertan de nuevo y me apartan de mis elucubraciones. Unas luces potentes barren la mar en confusas direcciones acompañadas por el sonar de una sirena: escucharla en la mar todavía la hace más siniestra. Al rato, compruebo de qué se trata: una patrullera de la Guardia Civil del Mar ha detenido a una -patera- y se dispone a darle remolque hasta el puerto más cercano; Tarifa, supongo.  Esta vez sólo veo las nucas de un puñado de gentes arremolinadas en un bote aún menor. Y disparo a mi paso la cámara con rabia, como si con ese gesto pretendiese hacer algo mejor que compadecerlos. Y prosigo mi singladura en la oscuridad de un Estrecho, esta noche, y por fortuna, repleto de vida. Estos la han salvado, y regresarán a dónde; no tienen hogar, ni nada que perder. Por eso, mientras los marroquís lo permitan, seguirán intentándolo. Quizás en una próxima singladura no tengan tanta suerte y se vayan a pique. O, quizás, la tengan completa y desembarquen en su añorada meta, donde cumplirán ese sueño de trabajo miserable y vida marginal. ¿Les valdrá la pena?, me pregunto. No conocer los límites de la pobreza es lo que debe hacerme pensar de esta manera.
Otra vez ha caído el viento. El levante no quiere imponerse; y lo agradezco, me estaba soplando de bolina -de frente-, y había comenzado a dar bordadas -camino que hace un barco entre dos viradas-. Pero en la mar las cosas pocas veces se dan perfectas, y al carecer de viento, debo poner el motor de nuevo. Como estoy en pleno Estrecho y por la proximidad de los montes, el ruido que provoca retumba contra ellos de forma frenética, y otra vez me asalta el siniestro recuerdo de esta procesión andaluza intemporal y real de -imaginería viviente-. O la victoria del Tambor de Bru contra los franceses en las catalanas montañas de Monserrat en el siglo pasado, y que todo niño de los sesenta escuchó contar como única expresión de victoria sin lucha intelectual.
Clarea ya, y los perfiles del Rif se marcan contra un cielo incendiado de tanto  patético comportamiento; hoy le gano yo en rojo y rabia. Varios rayos patinadores entran en la mar anunciando a un sol escondido tras una nubes cruzadas por su centro, que pretenden darle el aspecto de Saturno; pero no, a pesar del engaño, sigue siendo el sol; y que no deje de serlo; necesito que derrita el hielo que tapona mis venas. Varias embarcaciones de pesca faenan sus redes con esa parsimonia aletargada que tan sólo los barcos arrastreros consiguen. Me pego al acantilado vigilando la sonda para defenderme de una corriente que apenas me deja hacer avante. La superficie de la mar se ha transformado en un espejo cruel en el que se reflejan hasta las mínimas imperfecciones del barco; también las mías.
Un rato después, y tras dar el través -dejar por el costado- a un pequeño saliente rocoso, diviso un bote gris. A su lado otro de tonos más azulados; ambos parecen vacíos. Pasaré muy cerca de ellos. En principio me intriga su estado, pero al acercarme y ver sus formas, me doy cuenta de que son dos pateras. ¡Qué noche!, me digo. Poco a poco voy situandome a estribor -derecha-, de la más pequeña; aparece cubierta por una lona azul. Espero, no me atrevo a tocarla. De pronto, una cabeza surge entre las bancadas animada por un pelo negro ensortijado y la mirada interrogante de unos ojos oteadores. Luego, y tras unas palabras en árabe, salen otros, y después más, hasta sumar cuarenta pares; demasiada gente prisionera de tan reducido espacio. El primero que asomó la cabeza, y tras ver que mi barco es un pacífico velero, me grita:
-Amigo, amigo -y continua en francés-, où ce trouve L`Espagne?; ¿a ce côté?-,  y señala el lado Africano.
Entonces comprendo que están perdidos y no se atreven a desembarcar en la costa que tienen a escasos metros porque piensan que vuelven al lugar de origen. La navegación por el estrecho, con impetuosas corrientes, nieblas espesas, marejadas desatadas y vientos huracanados, puede despistar al mejor de los marinos, incluso asistidos de la perversa electrónica. Como había amanecido, pensé que serían vistos desde los puestos de observación de nuestra costa, y aunque les señalé la buena dirección, instantes después dudé si había hecho lo correcto.
-¡Huir, regresar! -grité en francés, cambiando de opinión.
Pero apostaron por el futuro.
La otra -patera-, en la distancia, parecía abandonada. Me aproximé a poca máquina mientras veía satisfecho cómo la primera ganaba la costa. De improviso, comenzaron a -brotar- cabezas sobre la regala -borde del bote-, que me miraban expectantes. De nuevo utilizaron el francés para pedirme agua. Se la di, cómo no, tras lanzarles un cabo que los acercara. Esta vez ya no fueron sólo sus rostros, también su olor a mar y perfumes confusos, como si quisieran estar presentables para la nueva vida, me impregnaron para siempre. Y ya no aprecié miedo en sus ojos, tan sólo resignación. Habían abandonado toda esperanza de alcanzar su objetivo; llevaban dos días perdidos sin gasolina, escondidos en la dársena cercana que formaban cuatro piedras descomunales. Tenían hambre, sed; una mujer, frío. Le di mi chaleco; jamás recibiré silencioso agradecimiento mayor, ni nunca pensé que uno se pudiese sentir tan bien después de acto tan nimio. Y me enfadé al pensar que era yo quien más ganaba en aquella transacción de mirada y lana.
Vacíe la despensa de todo cuanto llevaba con esa prisa que marca el remordimiento. Les entregué cuanto tenía. No pude darles gasolina; mi barco se alimenta de gasóleo. En francés de nuevo, entablamos una conversación en la que me pidieron remolque; no debía darlo por dos razones. Una, porque con una orza profunda como la mía no era posible acercarme más a la costa. La segunda, porque me podía traer complicaciones.
Pero la fortuna quiso aliviarme de la decisión que, seguramente de forma errónea para mis intereses, ya había tomado: un patrullera se dejó ver en la distancia a vertiginosa velocidad en claro rumbo hacia nosotros. Los ocupantes de la -patera- me lanzaron la amarra y me hicieron gestos para que me fuese. La mujer pretendió quitarse el jersey, pero no lo permití. Aceleré un poco la máquina y les fui dejando atrás lentamente, al tiempo que la embarcación policial aumentaba de tamaño por la proa. Al pasar junto a mí, redujeron la marcha y me miraron con complicidad, como adivinando lo que me proponía. También en aquellos hombres uniformados pude percibir esa resignación que marca el deber. Varias muecas de compasión me alegraron de su evolución aunque debiesen cumplir con su trabajo. Pero lo sentían, claro, como yo lo hacía. No vi esa separación de guardianes y guardados que, antes, hace poco todavía, nos separaba.
Miré hacia atrás de nuevo, muchos brazos me saludaban desde la -patera-. Una congoja, como pocas veces he tenido, bloqueó mi cuerpo, y de mis ojos de marino, algunos creen que fríos y duros, aunque otros saben que detrás de cada hombre de mar anida un rústico poeta silencioso, comenzaron a caer unas lágrimas profusas que humanizaron por unos instantes aquella parte de la mar, y las fundieron con esa inmensidad de dolores que las aguas vienen guardando desde que la tierra fue capaz de producirla, y nos dejó esos abismos insondables que algunos utilizamos para protegernos de los ruidos que no soportamos, o vaciar aquello que nos oprime y hace daño. En la mar, no hay cosa más trágica que un naufragio, porque lo humano se enfrenta sin esperanza contra el destino y la fuerza de la naturaleza, otorgándole, a partir de ese momento, el carácter de inevitable. Pero cuando éste sobreviene de -forma voluntaria-, al menos, deberíamos preguntarnos por qué.
Y navegué más alla de la línea de ese horizonte que siempre nos motiva a descubrir y seguir viviendo. Y me reafirmé al recordar a aquellas gentes en que, la vida, sólo es el refugio casual que llena ese alma que nos rifan al nacer. También el resultado de un sorteo de destinos desigual, y el inevitable soporte de las dudas y dolores más persistentes; pocas veces de alegrías, seguramente, provocado por nuestros estúpidos e hipócritas comportamientos.

Mi filosofía marinera

Publicado por amedea | Categoría Pipe Sarmiento | Fecha 16-01-2011

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Si descubres la mar, querido Internauta, te sumerges en el último lugar del mundo en el que el ser humano se puede sentir realmente libre: no hay rayas continuas, ni semáforos, ni predicadores en busca de su verdad. Es el medio en el que todo lo bueno o lo malo que te suceda habrá dependido de ti y de los conocimientos que hayas sido capaz de adquirir. Tu enemigo es la ignorancia. Tu aliado, simplemente la mar.

Los marinos, al igual que los habitantes del mundo seco, podemos llegar a la mar en busca de cosas muy diferentes: los hay mercantes, que se ganan la vida con ese imprescindible tráfico de mercancías. De guerra, que vigilan y guardan nuestra seguridad. Pescadores, a los que cada vez les queda menos que pescar. Regatistas, que se miden unos a otros rodeados de dinero y tecnología, etc. Pero la mayor parte de la gente que se acerca en profundidad al mundo de la náutica lo hace por puro placer. Somos vagabundos, soñadores, a los que el peso de la civilización nos oprime de tal forma, que tenemos la imperiosa necesidad de alejarnos de ella, aunque sea por un tiempo, para matar los demonios y encontrar un rumbo en el que nos hallemos a nosotros mismos, y así no desfallecer.

No es valiente quien no tiene miedo a la mar, lo es, quien logra superarlo, por haberse molestado en conocerla mejor.