NAUFRAGOS VOLUNTARIOS, testimonio de una navegación real

Publicado por pipesar | Categoría Sin Categoría | Fecha 20-01-2011

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NAUFRAGOS VOLUNTARIOS

Salgo a navegar con la premura que siempre impone el Estrecho; debo ir al otro lado y jamás se sabe cuándo soplará viento de poniente con fuerza de temporal o levante con ímpetus de galerna. Así que, en este lugar difícil e imprevisible para los marinos, nunca se le debe dar ventajas a la meteorología; menos aún a la mar.
El motor del barco traquetea perezoso y expande su eco sobre una superficie aceitosa en la que las velas y jarcia de mi velero se reflejan de forma sinuosa, como para indicarme lo poco fiables que, muchas veces, son las imágenes que producimos. El ruido que emite, sordo y puntual, me marca un paso de procesión andaluza, en el que la imaginería que transmite dolores inútiles tallados en madera o cartón, es sustituida en estas costas y casi a diario, por figuras de parecido aspecto, pero que minutos antes de naufragar, estuvieron repletas de vida y sentimientos.
A cuantos navegamos el Estrecho de Gibraltar, sea con rumbo este u oeste, cuando nos acercamos a aquellos puntos de la costa de Europa o África, separados entre sí por tan sólo un -puñado de  millas náuticas-, se nos viene a la cabeza la posibilidad de encontrarnos con -pateras-: esos frágiles botecillos que todos, con el corazón encogido, hemos visto alguna vez en televisión, volcados y anegados por las aguas, y que no sé quién, con poca fortuna,  llamó a sus ocupantes -espaldas mojadas-, cuando en realidad la muerte no suele tener preferencias hacia el estado seco o húmedo de los que decide llevarse, ni se anda con distinciones a la hora de aniquilarnos de frente, de costado o de espaldas.
Las olas que acompañan mi singladura, cortas, charlatanas y continuas, las mueve una mar que va arreciando debido a la intensidad de un levante en ciernes que no me permite otear el horizonte con la amplitud deseada. La sola posibilidad de dicho encuentro me provoca el que entorne los ojos, afilando esos dardos invisibles, a veces retadores, a veces  inseguros que son las miradas. Una ola, que estalla donde no debía, me provoca, y el corazón se desboca. Es casi de noche; la luz se marcha por el oeste, y yo, por el contrario, navego con rumbo opuesto hacia la oscuridad más persistente. Hay un resorte escondido en los marinos que nos permite, al igual que los felinos, adaptar nuestros ojos a los juegos de las sombras. En la mar, éstas, son aún más tenebrosas, pues, las olas, siempre cómplices de la tortura, una y otra vez se empeñan en metamorfosearse en todos aquellos miedos que las gentes de mar pretendemos dejar varados en el -mundo seco-, para de esta forma ser un poco más libres, aunque sólo sea por unas horas.
Dos veces consecutivas creo vislumbrar algo que flota a estribor -la derecha en el sentido de la marcha-. Desciendo a la cámara a por el foco: con él trato de quebrar la negrura, pero mi humilde rayo viajero apenas se aleja del barco, y como castigo a mi osadía, se acentúan todavía más las inquietantes formas que se producen cuando las sombras se empeñan en tejer el aire con la luz en apretadas puntadas de nada.
¡Otra vez ese reflejo!: la silueta de una chalupa aparece entre las pinceladas blancas que dibujan las constantes salpicaduras, dandome la sensación de que navego por el interior de un cuadro impresionista.
-¡Sí, ahí hay algo!  -exclamo en voz alta como queriendo convencerme.
Cuando navego solo, cuido mucho los desplazamientos por el velero; por ello, paso mi arnés de seguridad por la línea de vida -un cable de acero-, qué ironía, que -recorre- la embarcación de proa a popa y me sujeta a él como si fuese un cordón umbilical, y que me permite seguir sintiendo a mi barco.
Hago firme con la mano sobre el balcón de proa -barandilla-, y lanzo una y otra vez el haz luminoso con la intención de identificar aquello que flota en la cercanía.
-¡Joder!, ¡es una -patera!-, -exclamo, y me precipito a por mi cámara de fotos, en ese reflejo, a veces inhumano, que los curiosos tenemos arraigado, y que al reflexionar sobre ello, sé que nos mueve el que otros vean aquellas cosas que, con tan sólo escucharlas, no sirve para abrir conciencias. Y es cuando el trabajo del reportero se hace sublime y se eleva; cuando a través de las palabras o las imágenes, no sólo transmitimos, sino también, llegamos a conmover.
Un pequeña embarcación, impulsada por en motor fueraborda, aparece y desaparece entre las olas cortas que provoca el viento de levante, dejando tras de sí una estela plateada que reverbera aún más con el cruce de mi foco, y que por el contrario, pinta en la noche un destino poco brillante para los ocupantes de ese buque fantasma. Una multitud de cabezas -afloran- sobre la regala -borde de la embarcación-, como muñecos de -pin pan pun- de feria que pudiésemos derribar con el liviano impulso de una pelota de trapo; lo más seguro es que lo haga la cresta blanca merengada de una ola traicionera que hubiese tomado la decisión de crecer más de la cuenta. Y quedaron al descubierto parejas de ojos asustados que, al rebotar la claridad sobre ellos, parecían enfermos de tensión y fatiga. Maniobro con rapidez para no colisionar. Paro la máquina; también largo la vela mayor que me venía dando un mejor equilibrio con tan escaso viento. Instintivamente saludo como si se tratasen de otros colegas de la mar en busca de su destino; aunque estos compañeros de agua la mayor parte de las veces no lleguen a ningún lado; a lo sumo, los absorbe esa nada infinita que los marinos apreciamos mejor porque constantemente navegamos por sus bordes.
Esa noche, oscura, sin luna, con un viento arreciando, no es probable que las patrulleras salgan a su encuentro, y ellos lo saben. La incipiente marejada les da un manto húmedo y protector. Ante mí, como en una película de parco presupuesto y  factura nacional, la chalupa pasa miserable con su carga de sueños y míseras aspiraciones de sufrimiento. Uno de ellos me saluda con la mano como para establecer una complicidad marinera que mi corazón, mucho antes, había entablado ya. Quiero mantenerme entero ante lo inevitable, pero no puedo menos que sentir un prolongado escalofrío y hacerme una pregunta: ¿llegarán?,¿alcanzarán la costa?, ¿o pasarán a engrosar esa fatídica cifra de muertos que adornan nuestras playas y acantilados en una competición macabra de estatuas de arena tendidas a nuestros pies de ejemplo integrador del mundo civilizado?
Me miran: por vez primera me enfrento al rostro humano de la tragedia; y es mucho más duro, más siniestro si cabe, cuando a aquello de lo que oíste hablar, le pones rostro, carne, expresión, movimientos. Y grito:
- ¡Mierda, mil veces mierda!
Y, como poseído por un absurdo y fútil instinto justiciero, hago lo que mejor sé hacer; sentir, escribir por dentro y fotografiar, captar la dantesca escena para enseñarla al mundo, a las gentes, a los políticos y responsables, y que sus miradas mojadas y suplicantes se claven en esa  piel del alma que para mí es la sensibilidad, y no les quede más salida que emprender acciones que eviten este absurdo -Desembarco de Cádiz-, en una torpe guerra en la que armas y balas están acuñadas por la miseria y la mar. Tampoco debe ser tan grave el que perdamos por ello algunos “ecus”, móvil final de  los más sagrados anhelos celtibéricos que, sin duda, no se utilizarán para alcanzar el ocaso de esta tragedia evitable. Más de mil muertos son demasiados como para llamarlo accidente.
La oscuridad vuelve a cerrarse y el rumor del motor se aleja por babor -la izquierda-, pero ya no transmite esa música de rimas primarias y armoniosas en paz con la naturaleza que los marinos construimos con los sonidos que nos llegan, no, las miradas de aquellas gentes me han turbado demasiado como para disfrutar de sinfonías; me han perforado el alma. Quedan fijas en mí mientras cazo la vela y compruebo que el viento es suficiente par navegar sin máquina. Izo el genovés ligero -vela de proa de tejido fino propia para poco viento-, para darle más impulso a mi barco, y me siento en la bañera -lugar a popa junto al timón-, con el corazón aún acelerado por el encuentro y el ánimo decaído ante tanto tráfico inútil de vidas. Y pienso en ellos, al tiempo que mis ojos de humano privilegiado buscan en la noche aquello que algunos llaman -pateras-, pero que para mí, queriéndoles dar un homenaje marinero, los elevo a la categoría de náufragos voluntarios. Como aquel  médico francés, el profesor Bombard, que se sometió, a través del Atlántico, a un buscado abandono en el cual experimentó aspectos de la vida en la mar que, más tarde, ayudarían a los verdaderos náufragos. Pero mis hoy compañeros de navegación no conocen las teorías de tan distinguido personaje; a lo sumo trajeron consigo unas chinas de hachís para sacarse el miedo.
Minutos después, el rugir de varios motores me alertan de nuevo y me apartan de mis elucubraciones. Unas luces potentes barren la mar en confusas direcciones acompañadas por el sonar de una sirena: escucharla en la mar todavía la hace más siniestra. Al rato, compruebo de qué se trata: una patrullera de la Guardia Civil del Mar ha detenido a una -patera- y se dispone a darle remolque hasta el puerto más cercano; Tarifa, supongo.  Esta vez sólo veo las nucas de un puñado de gentes arremolinadas en un bote aún menor. Y disparo a mi paso la cámara con rabia, como si con ese gesto pretendiese hacer algo mejor que compadecerlos. Y prosigo mi singladura en la oscuridad de un Estrecho, esta noche, y por fortuna, repleto de vida. Estos la han salvado, y regresarán a dónde; no tienen hogar, ni nada que perder. Por eso, mientras los marroquís lo permitan, seguirán intentándolo. Quizás en una próxima singladura no tengan tanta suerte y se vayan a pique. O, quizás, la tengan completa y desembarquen en su añorada meta, donde cumplirán ese sueño de trabajo miserable y vida marginal. ¿Les valdrá la pena?, me pregunto. No conocer los límites de la pobreza es lo que debe hacerme pensar de esta manera.
Otra vez ha caído el viento. El levante no quiere imponerse; y lo agradezco, me estaba soplando de bolina -de frente-, y había comenzado a dar bordadas -camino que hace un barco entre dos viradas-. Pero en la mar las cosas pocas veces se dan perfectas, y al carecer de viento, debo poner el motor de nuevo. Como estoy en pleno Estrecho y por la proximidad de los montes, el ruido que provoca retumba contra ellos de forma frenética, y otra vez me asalta el siniestro recuerdo de esta procesión andaluza intemporal y real de -imaginería viviente-. O la victoria del Tambor de Bru contra los franceses en las catalanas montañas de Monserrat en el siglo pasado, y que todo niño de los sesenta escuchó contar como única expresión de victoria sin lucha intelectual.
Clarea ya, y los perfiles del Rif se marcan contra un cielo incendiado de tanto  patético comportamiento; hoy le gano yo en rojo y rabia. Varios rayos patinadores entran en la mar anunciando a un sol escondido tras una nubes cruzadas por su centro, que pretenden darle el aspecto de Saturno; pero no, a pesar del engaño, sigue siendo el sol; y que no deje de serlo; necesito que derrita el hielo que tapona mis venas. Varias embarcaciones de pesca faenan sus redes con esa parsimonia aletargada que tan sólo los barcos arrastreros consiguen. Me pego al acantilado vigilando la sonda para defenderme de una corriente que apenas me deja hacer avante. La superficie de la mar se ha transformado en un espejo cruel en el que se reflejan hasta las mínimas imperfecciones del barco; también las mías.
Un rato después, y tras dar el través -dejar por el costado- a un pequeño saliente rocoso, diviso un bote gris. A su lado otro de tonos más azulados; ambos parecen vacíos. Pasaré muy cerca de ellos. En principio me intriga su estado, pero al acercarme y ver sus formas, me doy cuenta de que son dos pateras. ¡Qué noche!, me digo. Poco a poco voy situandome a estribor -derecha-, de la más pequeña; aparece cubierta por una lona azul. Espero, no me atrevo a tocarla. De pronto, una cabeza surge entre las bancadas animada por un pelo negro ensortijado y la mirada interrogante de unos ojos oteadores. Luego, y tras unas palabras en árabe, salen otros, y después más, hasta sumar cuarenta pares; demasiada gente prisionera de tan reducido espacio. El primero que asomó la cabeza, y tras ver que mi barco es un pacífico velero, me grita:
-Amigo, amigo -y continua en francés-, où ce trouve L`Espagne?; ¿a ce côté?-,  y señala el lado Africano.
Entonces comprendo que están perdidos y no se atreven a desembarcar en la costa que tienen a escasos metros porque piensan que vuelven al lugar de origen. La navegación por el estrecho, con impetuosas corrientes, nieblas espesas, marejadas desatadas y vientos huracanados, puede despistar al mejor de los marinos, incluso asistidos de la perversa electrónica. Como había amanecido, pensé que serían vistos desde los puestos de observación de nuestra costa, y aunque les señalé la buena dirección, instantes después dudé si había hecho lo correcto.
-¡Huir, regresar! -grité en francés, cambiando de opinión.
Pero apostaron por el futuro.
La otra -patera-, en la distancia, parecía abandonada. Me aproximé a poca máquina mientras veía satisfecho cómo la primera ganaba la costa. De improviso, comenzaron a -brotar- cabezas sobre la regala -borde del bote-, que me miraban expectantes. De nuevo utilizaron el francés para pedirme agua. Se la di, cómo no, tras lanzarles un cabo que los acercara. Esta vez ya no fueron sólo sus rostros, también su olor a mar y perfumes confusos, como si quisieran estar presentables para la nueva vida, me impregnaron para siempre. Y ya no aprecié miedo en sus ojos, tan sólo resignación. Habían abandonado toda esperanza de alcanzar su objetivo; llevaban dos días perdidos sin gasolina, escondidos en la dársena cercana que formaban cuatro piedras descomunales. Tenían hambre, sed; una mujer, frío. Le di mi chaleco; jamás recibiré silencioso agradecimiento mayor, ni nunca pensé que uno se pudiese sentir tan bien después de acto tan nimio. Y me enfadé al pensar que era yo quien más ganaba en aquella transacción de mirada y lana.
Vacíe la despensa de todo cuanto llevaba con esa prisa que marca el remordimiento. Les entregué cuanto tenía. No pude darles gasolina; mi barco se alimenta de gasóleo. En francés de nuevo, entablamos una conversación en la que me pidieron remolque; no debía darlo por dos razones. Una, porque con una orza profunda como la mía no era posible acercarme más a la costa. La segunda, porque me podía traer complicaciones.
Pero la fortuna quiso aliviarme de la decisión que, seguramente de forma errónea para mis intereses, ya había tomado: un patrullera se dejó ver en la distancia a vertiginosa velocidad en claro rumbo hacia nosotros. Los ocupantes de la -patera- me lanzaron la amarra y me hicieron gestos para que me fuese. La mujer pretendió quitarse el jersey, pero no lo permití. Aceleré un poco la máquina y les fui dejando atrás lentamente, al tiempo que la embarcación policial aumentaba de tamaño por la proa. Al pasar junto a mí, redujeron la marcha y me miraron con complicidad, como adivinando lo que me proponía. También en aquellos hombres uniformados pude percibir esa resignación que marca el deber. Varias muecas de compasión me alegraron de su evolución aunque debiesen cumplir con su trabajo. Pero lo sentían, claro, como yo lo hacía. No vi esa separación de guardianes y guardados que, antes, hace poco todavía, nos separaba.
Miré hacia atrás de nuevo, muchos brazos me saludaban desde la -patera-. Una congoja, como pocas veces he tenido, bloqueó mi cuerpo, y de mis ojos de marino, algunos creen que fríos y duros, aunque otros saben que detrás de cada hombre de mar anida un rústico poeta silencioso, comenzaron a caer unas lágrimas profusas que humanizaron por unos instantes aquella parte de la mar, y las fundieron con esa inmensidad de dolores que las aguas vienen guardando desde que la tierra fue capaz de producirla, y nos dejó esos abismos insondables que algunos utilizamos para protegernos de los ruidos que no soportamos, o vaciar aquello que nos oprime y hace daño. En la mar, no hay cosa más trágica que un naufragio, porque lo humano se enfrenta sin esperanza contra el destino y la fuerza de la naturaleza, otorgándole, a partir de ese momento, el carácter de inevitable. Pero cuando éste sobreviene de -forma voluntaria-, al menos, deberíamos preguntarnos por qué.
Y navegué más alla de la línea de ese horizonte que siempre nos motiva a descubrir y seguir viviendo. Y me reafirmé al recordar a aquellas gentes en que, la vida, sólo es el refugio casual que llena ese alma que nos rifan al nacer. También el resultado de un sorteo de destinos desigual, y el inevitable soporte de las dudas y dolores más persistentes; pocas veces de alegrías, seguramente, provocado por nuestros estúpidos e hipócritas comportamientos.

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