TRAS LAS HUELLAS DE PAUL Y VIRGINIA

Publicado por pipesar | Categoría Sin Categoría | Fecha 19-03-2021

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TRAS LAS HUELLAS DE PAUL Y VIRGINIA

En 1787 la sociedad europea se conmocionó con un libro titulado Paul y Virginia, escrito por el francés Bernardin de Saint Pierre. Trata de la historia de amor de dos jóvenes de Isla Mauricio que habían compartido niñez. Sin embargo, cuando crecieron, y al pertenecer a distinta clase social, el padre de Virginia no permitió que Paul, mulato, cortejase a su hija, y la mando a estudiar a París, dejando a su amado sumido en la aflicción. Sin embargo ambos lograron mantener su amor.

Tras ocho años de ausencia Virgina anunció a Paul que en marzo regresaría a Mauricio en el bergantín Saint Géran. La espera se haría muy larga debido a los tres meses de escalas que hacía la nave.

El 17 de agosto de 1774, cuando la noche caía sobre los trópicos, el Saint Géran navegaba en la oscuridad. La mar estaba bella. La luna rielaba en el cielo, y las olas se movían con cadencia. De pronto, el vigía  gritó: ¡Virar!  Acababa de ver a proa la espuma de un arrecife. El capitán mandó al timonel cambiar de rumbo, pero la orden llegó tarde y no pudo evitar la colisión contra un arrecife. De las 200 personas que iban a bordo sólo se salvaron nueve.

Paul pasó la noche esperando la llegada del barco. Al alba, vio las siluetas de unos náufragos caminando por la playa. Tras comprobar que viajaban en el Saint Géran y que Virginia no estaba entre ellos, intuyó su muerte.

A pesar de ello, durante las semanas siguientes rastreó la costa entre los peligrosos arrecifes en un pequeño bote, pero su empeño fue vano. El Saint Géran había desaparecido. Meses después murió de tristeza.

Pero, ¿qué hay de verdad en esta narración? Los datos históricos dicen que en marzo de 1774 un bergantín de nombre Saint Géran zarpó  de Lorient con destino a isla Mauricio. A bordo viajaban doscientas treinta personas.

En 1783 el abad de la Caille, astrónomo y cartógrafo, fue enviado por la Corona a Mauricio para trazar las cartas náuticas de Mauricio. Cuando publicó el trabajo, se pudo ver cómo en el ángulo superior derecho había escrito Paso del Saint Géran. A las preguntas sobre el por qué de ese nombre respondió que allí naufragó un barco con ese nombre.

Tres años después Bernardin de Saint Pierre, un joven ingeniero, llegó a Mauricio para estudiar emplazamientos militares en base a la carta náutica del abad de la Caille, y se fijó en el paso Saint Géran. Los isleños le contaron su historia y la utilizó para escribir la novela Paul y Virginia, que logró una enorme repercusión en Europa.

En 1966 unos pescadores de Mauricio descubrieron los restos de un navío sobre la barrera de coral del Paso del Saint Géran. Hallaron cañones, anclas y una campana de bronce con la inscripción en francés, “pertenece a la Compañía de Indias”. También monedas de plata de 1742.

Un grupo de buceadores decidió investigar en los archivos de la Marina Francesa donde encontraron los testimonios de los nueve sobrevivientes del naufragio, y contrataron al cazatesoros Robert Marx y a la televisión francesa como patrocinadora de una expedición.

La profundidad donde se encontraban los restos era de solo seis metros por lo que las olas les dificultaron el trabajo. Lo primero que desenterraron fue un gran recipiente, un candelabro de bronce y miles de balas de fusil. Además, rasparon diversos trozos de madera donde apareció grabada la palabra Saint Géran.

Los meses posteriores encontraron objetos de toda índole: botones, hebillas, monedas de plata, botellas y recipientes de perfume. Pero el hallazgo más emocionante fue un anillo de mujer con un topacio engarzado: tenía una inscripción que decía, Virginia.

Un miembro de la expedición voló a París para investigar. Durante varias semanas se introdujo en la vida del escritor Bernardin de San Pierre a través de sus cuadernos de viaje que su familia había conservado. En uno detallaba su viaje a Mauricio en 1786. Decía:

“He investigado la lista de los pasajeros que embarcaron en el Saint Géran, y he encontrado una mujer de parecidas características a las de la protagonista del relato que me propongo escribir. Se llamaba Virginia; debía tener unos veinte años. La Compañía de las Indias se negaba a darme la lista, pero les he dicho que estaba realizando un estudio sobre un pariente desaparecido, que podría haber sido pasajero del buque. La lista es pequeña, separada de la asignada a la tripulación. Apenas vienen reseñadas características de las personas embarcadas: nombre, apellido, sexo y edad”.

Pero ahí no terminaron los descubrimientos; cerca de donde habían estado excavando apareció un pequeño cofre: en su interior había monedas de oro y plata y las piezas de un tocador de plata que llevaban grabadas la letra V: ¿Podría tratarse de Virginia?

Al hacer el reparto de los objetos con la administración de la Isla se entabló una discusión para decidir quién se quedaba con el anillo y las piezas de tocador, pues los duros buceadores se habían imbuido tanto en la novela que habían trabajado más para conocer la verdad de la historia que por la  recuperación de los restos de la nave.

El historiador que descubrió las notas de los cuadernos de Bernardin trabajó en los archivos locales de Port San Luis intentando esclarecer quién era la misteriosa pasajera de nombre Virginia. En la iglesia encontró una partida de bautismo fechada en 1721, que confirmaba que en la época del naufragio esa mujer tendría veintitrés años.

También aclaró que Virginia era la única hija del gobernador de la Isla: un viudo que pidió un destino en ultramar para olvidar la muerte de su mujer en el parto de su hija. Constató que llegó a Mauricio con un bebé, asistido por dos servidores bretones. Bautizó a su hija con el nombre de su madre, Virginia, y cuando cumplió trece años la mandó a París para que se formase.

La bibliotecaria le dijo que la razón por la que el gobernador mandó a su hija a París fue para apartarla de un chico de color con el que mantenía relaciones desde niña. Consta también en los archivos de la Isla que el gobernador se suicidó al enterarse que su hija había fallecido en el naufragio del Saint Géran.

-También se dice -continuó la bibliotecaria-, que el amigo mulato de Virginia se quitó la vida tras la infructuosa búsqueda de su amada.

Realidad y ficción se convierten en una fina línea difícil de superar. Por eso los naufragios no sólo son burbujas en el tiempo en las que es apasionante bucear. También cuentan la historia de los pueblos. A veces, como en éste, sirven para establecer los eslabones de una doble tragedia: el naufragio de un barco y el fin de una tierna historia de amor.

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