LA MAR, UNA RULETA RUSA
Publicado por pipesar | Categoría Sin Categoría | Fecha 20-06-2026
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LA MAR, UNA RULETA RUSA
Los peores acontecimientos que pueden darse en la mar están fuera del control de los ciudadanos; me explicaré: la actual crisis generada por una contaminación viral en un barco de pasajeros, ha desatado las alarmas, aunque la mayor parte de las informaciones se dieran sin la reflexión que exige un asunto tan grave. Y, es a partir de estas noticias cuando la población toma conciencia de nuestra fragilidad. Solo hay que recordar los naufragios en la costa gallega de los petroleros Urquiola, Mar Egeo y Prestige, que sirvieron para constatar el inmenso peligro que corríamos, permitiendo que los mercantes más viejos pasaran a escasa distancia de la costa. Tuvieron que producirse tres grandes catástrofes medioambientales para que los barcos peligrosos se vieran obligados a pasar a 40 millas de nuestra costa. Y, aunque es un cambio, como todo lo que se pacta en la marina mercante mundial, es tímido, pues lo que de verdad importa es que los barcos no gasten más combustible con este alejamiento.
Este nuevo y desconocido peligro, se llame el virus como se llame, debe abrirnos los ojos a la proliferación de los grandes cruceros, que embarcan miles de personas sin conocer el estado de salud de las mismas, y que se mueven por los puertos del mundo con una libertad aterradora. Si preguntas a las autoridades portuarias te dirán que, para controlar dichos riesgos, contamos con Sanidad Exterior, dependiente del ministerio de Sanidad, donde, un sanitario y un enfermero, contratados por semanas a 145 euros, y 100 para el enfermero, deben estar a disposición en el caso de que les avisen de una contingencia en alguno de los miles de barcos que atracan en nuestros puertos. Algo insólito, que deja a los ciudadanos desprotegidos, ya que los documentos sobre la salud en cada barco que atraca en Europa los firman el médico de a bordo en los cruceros, y el capitán del barco en los de carga, dejando en sus manos, como hemos visto, tema tan importante, sin control alguno por parte de las autoridades del país al que llegan.
En el año 2003 en el programa de radio de la cadena COPE que presentaba y dirigía, quise invitar a uno de los médicos que prestaba estos servicios en el puerto de Algeciras, tras el daño que hizo la Peste Equina, que mató a cientos de caballos, provocada por la importación de unas cebras para un zoo, que nadie controló. Seguramente, por ello, no quiso venir al programa. Semanas después, me llamó para pedirme disculpas, y me dijo que, en aquel momento, no podía hablar, ya que el ministerio de Sanidad les había prohibido hacerlo. Me aseguró que todo lo que había en el puerto de Algeciras era un contenedor de obra vacío, al que debían acudir si se les llamaba estando de guardia: y eso todo lo que podían aportar. Este “singular servicio” está presente en los ocho puertos de interés general más grandes de España y en algunos aeropuertos.
En las Baleares se dio otro importante caso de falta de control de las fronteras marítimas, cuando se importaron ingentes cantidades de palmeras desde el Norte de África, que propagaron el picudo rojo, que acabó con la mayor parte de estas plantas que adornaban residencias y paseos; un daño que todavía hoy no ha sido controlado por completo. El responsable, de nuevo fue los escasos controles que se practican en los puertos españoles.
Pero hay otra terrible invasión silenciosa que aterra a biólogos y oceanógrafos; me refiero a las aguas de lastre de los buques mercantes, que están propagando la proliferación de especies tropicales en nuestras aguas, con gravísimos daños para nuestros ecosistemas marinos. Los mercantes, cuando navegan vacíos, deben lastrarse, y lo hacen donde zarpan. Cuando llegan a su destino, en cualquier parte del mundo, vacían esas aguas para dejar espacio en sus bodegas, vertiendo a la mar los organismos que había de sus lugares de procedencia.
La Globalización nos ha dado ventajas en algunos campos, aunque también es cierto que hoy es un enemigo a combatir cada día. No debemos olvidarnos de los tremendos efectos de la COVID, y la cantidad de muertos que hubo. Sin embargo, el mundo del dinero continúa impasible con su imparable cabalgar hacia el abandono de todo aquello que no sea mediato o pueda convertirse en dinero.
La mar es común para todos los pueblos de la tierra, y no se le puede poner puertas ni vallas que separen unas partes de otras. Los millones de plásticos que flotan en las conjunciones de varias corrientes en distintos mares no entienden del lugar en el que fueron arrojados a la mar. Como tampoco los temporales, cada vez más violentos. La consecuencia de todo ello son naufragios, infecciones masivas, tanto de animales como de seres humanos y plantas que, tras navegar por la mar, lo hacen después por la tierra desparramando sus males.
Solo contamos con una modesta arma para tratar de atemperar, que no de evitar, estos sucesos, y pasa por controlar lo mejor que podamos los movimientos masivos de persona, animales y plantas que llegan por la mar a los puertos, además de reciclar los muchos materiales que dañan nuestros ecosistemas.



Desde las capitales del mundo civilizado, sin embargo, todo esto se ve con lejanía, y no se hace nada. Hace treinta años que advertía de esto en mis artículos y libros, sin que haya visto el menor compromiso del poder para cambiar las cosas, salvo tímidas concesiones para la galería. Y, mucho me temo, que seguirá así otros treinta años por lo menos, poco antes de que no quede ya nada que cambiar, controlar y salvar.